—El señor está en el jardín—les dice Rosaura, muy sorprendida cuando llegan a la casona.

—Vete—ruega Dulce Nombre a su acompañante—y avísale que le llamo...; no le quiero asustar.

Orea el solariego su martirio por una senda de acacias, desvelado a pesar de la vigilia reciente, y piensa con angustia indecible en la necesidad de un viaje sin retorno, una ausencia que dure; no podría resistir la pena cegadora de ver a la amada llenando de hermosura los días felices del rival.

Mira, desfallecido, el dintorno ingente de su casa, la torre maciza, el escudo infanzón que de nada le sirven en su reciedumbre material. Aún le juzga originario de la velada dolencia que a él le consume, siempre encubierto con la pesadez de los blasones, amordazado para amar y vivir.

Imagina otra vez que padece el maleficio de una herencia morbosa, llena de culpas y dolor. Y se vuelve con menos inquietud a contemplar la tierra amiga, extendiendo el cariño a cuanto le rodea: las llosas de sembradura, las brañas de pasturaje, los linderos del bosque, la huerta, el rebujal. Aunque no fuera suyo lo querría fatalmente, con sensuales apetitos de montañés... Pero es necesario separarse del terruño y del solar. Hornedo es otra criatura que se dice esta noche, sin valor: —¿Adónde iré?

Está muy indeciso. Ha fijado la vista en el cielo y la detiene con obstinación, como si buscase hospitalidad en las montañas de la luna, cuando se acerca Gil a darle un recado incomprensible.

Se trasmuta el semblante del caballero. Sonríe el pastor enseñando las encías; el gozo se le esparce por toda la cara al responder a Dulce Nombre un instante después:

—Ya viene.

Ella concluye, fervorosa: