Y la fugitiva, iluminado de repente un sombrío rincón de su memoria, balbuce:
—¡Es verdad!
—¡Pues claro, mujer! ¿Adónde mejor has de ir...? Aquel palacio es tuyo: allí eres tú la reina.
—Vamos, anda...
Un movimiento vigoroso de intensidad se reproduce en el espíritu de la moza, como si se abriese más engrandecido que nunca. Se agolpan en él las impresiones olvidadas, las evidencias esclarecidas, la muda historia de una triste juventud.
Ve Dulce Nombre cómo se desenlaza, en un repente brusco, el largo proceso de su pasión, y no sabe si pertenecen a su vida estas horas febriles; los pensamientos, sordos y nublados, se le despiertan lentamente al sabor de su misma acidez; y de la confusión desgarradora surge de pronto el recuerdo de Nicolás, del enamorado infeliz.
—Vamos—repite acelerada la joven.
Un soplo de alegría la conforta; ya no siente la pesadumbre material: va de prisa al lado del pastor, hollando los retales de luna que tiemblan en el suelo...