—Pues ¿y la de tu marido, la de tu padre?
—No tengo familia.
—¿Qué...? Temo que padezcas de calentura... A mi ver, estás delirando.
—¿Delirar...? La salud es lo único que me queda... Cuando te encontré le pedía socorro al cielo... Oye: ¿sigues siendo mi amigo?
—¡Mujer! me ofendes; ¡qué pregunta!
—Llevas razón; tú eres bueno: perdona—murmura Dulce Nombre, comprensiva. Y añade con la voz tenebrosa:—¡Como nadie en el mundo me ha sido fiel!
—¿Nadie...?
—Escucha, Gil. Te aseguro que no puedo volver a casa de Malgor ni al molino; carezco de todo; busco un albergue... Dime, por caridad, ¿adónde iré?
—¡A la torre!—contesta el pastor, muy resoluto, erguido y caballeresco.