—¡Lo que menos imaginaba yo era encontrarte en este lugar!

La muchacha comprende que va a oír una serie de interrogaciones penosas:

—Nada me preguntes—suplica—; me he perdido... ando... extraviada...

Pero, es inevitable la sorpresa del pastor.

—¿Perderte en el ansar...? ¡vamos...! ¡si es tu casa, mismamente!

—No tengo casa, Gil—dice, al cabo, la moza, obligada a fiarse de aquel hombre.

La está contemplando él con arrobo y angustia, cada vez más inquieto de verla sola y amarga, sin aliño ni rumbo, orando como una penitente.

¿No tienes casa?—repite en el colmo de la extrañeza.

—No.