No lo sabe ni se lo pregunta; se recobra a sí misma con ahincado sentimiento de egoísmo, abandonada y miserable, sin más patrimonio que sus derechos humanos. Carece de hogar y de afecciones; tenía un corazón y se lo clavaron en la Cruz: así le lleva en el pecho, encendido de rojo como la antorcha providente de los faros... ¿Adónde irá con él?
Algo de esto último discurre Dulce Nombre, mientras camina, agitándose con la túnica de la selva... ¿Adónde irá?
Siente hambre y sed; la rinden el cansancio y el sueño: es preciso llegar a alguna parte. Con la certidumbre de las cosas, adquiere, de nuevo, la sensación de sus necesidades físicas, y de un modo lógico viene a pensar: Necesito que Dios me ayude.
Humilde y obediente a su manera, pronuncia con devoción el ingenuo fervorín de las niñas aldeanas:
El ánima sola
que en el campo gime y llora,
me tenga compasión en esta hora.
Padrenuestro...
—¿Vas rezando?—le interrumpe de súbito un hombre, deteniéndola intrigadísimo.
—¡Gil!