—Por eso me voy.

Camila, siguiéndola, susurra muy oficiosa:

—Mira, atiende: aquí mismo se apalabró la chiquilla con Manuel; ella le dijo al despedirse: Hasta mañana... Talmente parecía que eras tú, en aquel tiempo...

Dulce Nombre se ha ensombrecido ya bajo los árboles, y Camila, ignorante y pasmada, cierra el portel, murmurando:

—¡Válgame Dios...! ¡Todos han pisado hoy la mala hierba...!

En efecto; buscando a su hija, acude Martín; escucha contrariado lo que la anciana le refiere, y sale al ansar llamando a la desaparecida.

Pero ella se oculta ágil y alerta; conoce bien las derrotas y los confines de todo el lerón, y, agachada entre unos matojos, ve a su padre seguir un huello equivocado por la orilla del río.

Entonces vuelve a caminar, decidida y valiente, sin más propósito que el de alejarse y vivir. Una poderosa reacción se verifica en su alma, campestre y honda como el paisaje, llena, también, de recursos y misterios.

Después de la suprema apelación de sus dudas, revive Dulce Nombre al contacto decisivo de la verdad. El testimonio irrecusable de Camila es una sentencia y una confirmación. Nada puede la moza esperar; y, no obstante, huye de la sombra y de la espuma que en la ribera cunde hirviendo de tentaciones: ya no quiere morir. ¿Por qué?