—¿Lo has visto?
—Sí; desde el ventano de la cuadra.
—¿Y le oíste?
—Como te oigo ahora.
—¿Estás segura?
—Segurísima: te lo puedo jurar... y te lo pensaba decir...
No se había acostado el viajero al mediodía... Encarnación tuvo motivos para mostrarse inquieta: existía el drama, insensato, palpitante, absurdo...
Se revuelve Dulce Nombre por el salón registrando la tosca armadura del molino, como si no la conociera: los cimadales, las taravillas, las quebrantadoras... Pasa los dedos sobre el polvo claro del maíz, empuja con el pie los garrotes panzudos, percibe el ronquido del reloj; va y viene, con inútil solicitud, al reflejo amarillo de la lámpara, hasta que oye unos pasos en la lendera próxima y se dirige precipitadamente a la salida del huerto por el corral interior.
—¡Si es tu padre!—clama la vieja, sin comprender aquella fuga—. Te vendrá a buscar.