Sumerge las manos en la frescura de las ondas y siente latir el corazón a la par del río con vínculo fraternal... Pero tiene miedo... ¡Si toda su tragedia no fuese más que una pesadilla...! La muerte rechaza aquella juventud saludable y firme, llena de apasionadas virtudes: el propio vértigo de la desesperación infunde a la mujer un ánimo insumiso.

Y se levanta pujadora, desatada las trenzas, arrebolado el semblante, asiéndose a la vida en una actitud oscura y temible.

Anda unos pasos ligeros y abre la puerta del molino, franca y débil. Allá, en el fondo del salón, se rebulle Camila esperando a Martín, con las ventanas abiertas, dormilona y taciturna.

—¿Qué te pasa? ¿Cómo vienes así?—interroga con asombro al reconocer a la joven, observando que llega despeinada y transida.

Ella se pone un dedo en los labios.

—No grites; vengo a preguntarte muchas cosas—responde con la voz densa y extraña—. ¿Estuvo aquí Manuel Jesús, al anochecer, hablando con María?

—Estuvo.

—¿Dónde?

—En el huerto... La corteja; le habló de amoríos y locuras, abrazándola y todo, hecho un orate...