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EL FARO ROJO
Aquí está el molino; aquí el Salia, generoso, deshaciéndose en regajales al través de las campiñas.
Va subiendo la luna cimera y ancha por las nubes: toda la serenidad del cielo desciende benigna hasta la tierra.
Y un aura de pavorosa inquietud conmueve a Dulce Nombre inclinada sobre el río, viendo rodar a las estrellas en el cauce. Necesita moverse como las aguas; ir, lo mismo que van, a sumirse en la amargura de un abismo. Siempre le ha fascinado la corriente que huye y no pasa nunca, que es la misma y es otra, que se lleva luceros y paisajes sin cesar de copiarlos: así la transitoria belleza de estas espumas tiene hoy para la desdichada mujer un hechizo perdurable.
Se arrodilla en el suelo para sentir más cercano el flujo caudaloso de la vena, tal vez para entregarse al cristal que se desliza y no se acaba.
Dentro de la carne sanguínea y mórbida, el instinto le asegura a Dulce Nombre que sin amor no puede vivir, y la siniestra visión del suicidio está a su lado, como único remedio.
No encuentra la desesperada otro descanso a su fatiga. Para ella es el río un buen compañero de la niñez, y quisiera dormirse donde crecen los hervores del caz, sobre los brazos quietos del árbol transmisor, allí, entre el polvo de diamantes que arroja la presada.