Apenas la toca, se resiste la infeliz y se estremece como si volviera a despertar; pone la atención en torno suyo, juntando al viejo y a la niña en una mirada inmensurable, y se dirige hacia la sombra con rapidez. Su vestido negro se aduna a la tiniebla del gabinete... Ya no se oyen sus pasos.


Con la ciega necesidad de huir y de correr sale de la casa por el jardín, hollando las flores, sin reparar en el camino.

Tiene el horizonte un marco de luz, porque ha resbalado sobre las cumbres la claridad fluída de la luna: se distinguen en el parque las rosas y los claveles encendidos como llamas.

A Dulce Nombre la obligan tirantes los nervios mientras la querencia y el hábito la conducen al molino. Cruza desatinada el bosque, sin tropezar en las raíces vagabundas, sin detenerse en la aspereza de la gándara ni en el salvajismo de los recodos, herida, apenas, en el traje con las púas de algún zarzal. Diríase que todo la acompaña y la defiende allí con un cariño bravo: los palios de las hojas, el alma vegetal de las plantas, la voz de los cauchiles que surcan el terreno con hilos rumorosos.

Ella marcha ajena a sí misma, sin percibir la fragancia divina de las cosas. Sus pensamientos corren a la demencia; pisa con ahinco, en un empuje rudo y maquinal, y no agradece los aromas refrescados por las aguas, no sabe que la consuelan un poco la brisa y la noche.

Sólo al llegar junto al molino, en la anchura repentina de los senderos, recibe una sensación nueva y punzante, como si le doliese en las entrañas la trabajosa fecundidad de la mies.

Porque viene de pronto hacia la fugitiva, con el oreo de los maíces granados, una irremediable certeza de que toda maternidad es dolor. Y se detiene indócil, asaltada por el recuerdo de su hija, con insufrible congoja.

La racha violenta de lucidez coloca bruscamente a la madre en contacto con el destino; pero su condición rebelde pide a voces el cumplimiento de una promesa que no tiene a quién reclamar.