—Ese hombre es mi novio.

—¡Mientes!—contesta Dulce Nombre sin mirarla, caídos los brazos, con gesto de loca.

—Pregúntaselo a él. Ha ido a buscarme; ha jurado que me quiere: de ti no se acuerda.

—¿Lo ha dicho?

—¡Sí!

El acento de María es afilado y rotundo; su madre, ahora, la mira con los ojos entenebrecidos, comprendiendo que dice la verdad. Y de una manera insólita se desprende del drama, recordando aquella noche cuando en el molino supo la traición de Manuel Jesús; la novia de aquel tiempo era una niña igual que ésta de hoy: no tenía madre... ¡estaba sola en el mundo...!

Dulce Nombre ha perdido otra vez la noción de los hechos; se confunde con su propia hija y le da mucha lástima de ella: no sabe cómo sufrir el terror y la piedad que la destrozan.

Viéndola quieta y muda, le dice el padre, algo severo y ofendido:

—Vaya, mujer, a ver si te sosiegas. Tú eres viuda, tuviste un buen esposo y no debes pensar en tonterías: aquello de Manuel fué una broma de rapaces; lo que te cumple es casar pronto y en condiciones a la muchacha: Ayuso es una proporción magnífica y no hay que espantar a la suerte.

Habla el molinero escuchándose, muy ufano de su elocuencia y sensatez; supone que ha conseguido el propósito de aquietar a su hija y le tiende la mano, conciliador.