Una estrella corta el cielo con raudo golpe de luz; María sonríe en una radiosa abstracción, y Dulce Nombre se desentumece de súbito, lívida, terrible; da unos pasos hacia su padre y le pone las manos en los hombros:

—¿Qué estás diciendo?—ruge desafiadora. ¿No sabes que ese hombre me pertenece?

—¿A ti?

—¿Pero, no lo sabías?

—¿Manuel Jesús?

—Sí; Manuel Jesús; ¡ese, ese...! vivo esperándole.

-¿Tú?

—¡Yo!; hace un siglo... ¿Estás sordo y ciego...? ¿No me ves...? ¿No me oyes?

—Esta mujer se trastorna—gruñe Martín, asustado, mientras la niña, intimidada al principio de la escena, se convence de lo que pasa, recobra los bríos y, con una prontitud alarmante, promulga también en reto: