Y se queda la joven cavilosa, sumergida en un desconcierto rarísimo. Presiente una amenaza; hunde los ojos con sospechas en la profundidad de la noche, imaginando que se mueven unos ruidos extraños en el aire... No es cierto: se adormece la brisa fatigada con su peso de aromas; cunde, mansamente, el rumor de los azutes que el río consiente a la sed de los campos; fulgura altísimo el celaje clavado de soles.
De pronto, ligera, vestida de luto como una ráfaga de la oscuridad, entra María en la habitación, echa los brazos al cuello de su madre y susurra una confidencia; nada omite en su orgullo de conquistadora: el encuentro, el entusiasmo, los besos delirantes, las protestas...
—¡Me gusta mucho, mucho...; me quiero casar con él!
Dulce Nombre permanece unos instantes ajena a la realidad, inmóvil y dura lo mismo que una imagen de piedra. Casi desconoce a su hija; ¡aquel traje negro..., la espantosa confesión...! ¿quién es aquella criatura y qué dice...?
Detrás de la niña aparece muy solícito el abuelo Martín, que viene acompañándola y oyó por el camino las primeras noticias del secreto.
Como no está iluminado el gabinete, se distinguen apenas las figuras, alumbradas en el balcón por la claridad imprecisa del espacio, un poco más insinuante según alborea la luna a espaldas de los montes.
Ni la chiquilla ni el viejo perciben el esfuerzo bárbaro con que la madre procura dominar su estupor, sacudir el asombro infinito que la anonada; no logra comprender ni menos hablar.
Entonces Martín, disimulando su alegría en consideración al duelo reciente, expone con mesura:
—En medio de todo hay que dar gracias a Dios; que por los barruntos, ya tenemos otro indiano en casa...