—Ya puedes suponer...
Encarnación ha perdido el aplomo; se embarulla, miente; y la muchacha, intranquila, anhelosa de seguridades y de arraigo para su amor, manifiesta con apresuramiento:
—Necesito verle.
—¡Claro... es natural!
—Le dices que mañana le espero en el molino, al anochecer.
—¡Muy buena idea!
—No hables a nadie de ello.
—Ni una palabra... y ahora—concluye la de Cintul, siempre bajo una encubierta ansiedad—me voy: tengo mucha prisa.
Se despide muy amable, exagerando los adioses, envolviendo en suspiros un torrente de frases innecesarias.