Una mujer, sosegada y madura, teje su calceta a un extremo del salón, sentada en un celemín puesto del revés. A pocos pasos de ella, una joven, niña por las trazas, endeble y menuda, se apoya en el muro, obstinada en mirar cómo surte la harina amarillenta desde el estrangol hasta el cesto de bañías, hondo y reluciente, a medio colmar.
—Poco tienes que decir, Tomasa—pronuncia la tejedora:
—Poco... ¿y usted?
—Yo, menos, hija; pero... no falta quien platique.
—No.
Se vuelven a un tiempo hacia los dos hombres acodados sobre el derrame de una ventana, en íntima conversación, lo más lejos posible de las muelas.
—Se me hace—insinúa la moza con un gesto elocuente—que están apalabrando a Dulce Nombre.
—Mujer, ¿tan de súpito?
—¡Vaya!