—Pero, ¿de verdad la quiere «éste»?
—Así dicen.
—¿Con buen fin?
—Ya lo veremos.
—¿Y Manuel Jesús?
Se encoge Tomasa de hombros; por su semblante desgraciado y turbio pasa un temblor arisco.
—¡Qué sé yo!
Alfonsa, que tiene caída en el regazo su labor, suspira levantándola; se le acerca la joven, y continúan hablando, envuelto su murmullo en el ronco estrépito de la molienda.
Anchurosa es la habitación, clara y desnuda, con luces a tres fachadas; los aparatos molineros ocupan el cuarto muro alzando su maderaje de nogal, que se dora con el polvillo tenue del maíz; algunos bancos toscos orillan las paredes, y clarean también, lo mismo que el solado de madera. Toda la cuadra se viste con el tul caliente y balsámico, producido por la trituración.