Este «molino del ansar», el más importante de la comarca, señero y orgulloso en la mies, tiene dos pisos. En el de arriba se oyen ahora pasos y trajines matinales: alguien canta y asea las habitaciones convertidas en hogar.
Fuera, los árboles, densos y centenarios, se alejan del edificio y huyen por la lera del Salia, perdiéndose de vista camino de una hoz. El valle, estrecho y profundo, linda con las montañas eminentes, sin más salida que el escobio por donde el río baja hasta la mar: de aquel lado norteño suena el Cantábrico detrás de las cumbres, cuando las galernas enfurecen las playas y el viento del Norte rola devastador.
A lo largo de esta serranía verde, alta y misteriosa, van los pueblecillos estirándose encima de la vega, comunicados entre sí por un camino real: Paresúa, Luzmela, Rucanto, Cintul, con otros vecindarios reducidos, labradores, apacibles, constituyen la vecindad comarcana, humedecen sus huertos en las mismas regonas montaraces y se tienden unos a otros, para más íntima ayuda, los atajos y las camberas.
Algunos solares infanzones, desmerecidos la riqueza y el poder, solivian el escudo en estas montañas ilustres por su historia independiente, que ha venido a ser para la raza un penacho y un blasón.
Y todo el hechizo del paisaje, su hermosura y su altivez, circuyen al molino, como un halo, en esta mañana del otoño, melancólica y tardía, mientras Ignacio Malgor le dice a Martín junto a la ventana:
—Pues sí, molinero; me gusta mucho tu hija y la quiero para mí.
—¿Como Dios manda?
—¡Naturalmente!
Turbado y seducido calló Martín. La pausa le dió tiempo a recordar su condición cautelosa de montañés; echóse la boina a un lado con movimiento nervioso, y repuso:
—Le doblas la edad.