Parece que está el valle más hondo que nunca; la gasa de las nubes tiembla desde las cimas hasta el río, sepultando la vaguada en una humedad neblinosa; muge la corriente, repican las abarcas en los senderos.

Dulce Nombre recibe desde su habitación toda la tristeza de noviembre; ya no sale a la tertulia de la aceña ni arrostra la cellisca y el frío por los huertos y los abertales como las demás zagalas. Asiste a misa los domingos y se esconde en su hogar con obstinada reclusión, ensombrecida lo mismo que las horas, turbio el cristal dorado de los ojos igual que el de los cielos.

Cuando tiene visita se esfuerza en hablar y sonreír, un poco nerviosa y acelerada, atajando las preguntas, rechazando las alusiones con su habilidad nativa de mujer, que no le llega hasta el alma virgen y ruda, incapaz de fingimientos y subterfugios.

Por eso delante de Malgor descubre la niña el estado de su espíritu, en franca desnudez, sin recelo ni crueldad.

No consiente que su despecho se confunda con el olvido, muy distante de su corazón; reconoce que el indiano la compra porque la quiere, y considera que sería una infamia engañarle. Aunque el deseo de él la hace infeliz, se explica con una lógica irrebatible la conducta de aquel hombre; le comprende mejor que al padre y al amigo, empeñados en sacrificarla, y está cerca de perdonarle, mientras no halla una sola disculpa contra la villanía de Manuel Jesús; traidor y vil, ella le adora a pesar suyo y un sentimiento de honradez la obliga a decirlo con los ojos y los labios cuando se lo pregunta Malgor.

Aquellas contestaciones rotundas repercuten como un eco en la casona de Luzmela, donde el indiano calma las ansiedades desde que su amor recibe allí un inesperado sostén.

Atribuye el pretendiente a inconstancias del carácter este cambio de Nicolás, y le utiliza en su provecho para acelerar la boda sin poner mucha atención en las voraces impaciencias con que su amigo le pregunta a menudo:

—¿Olvida al otro...? ¿Consigues que te quiera a ti?

—¡No olvida, no!—tiene que lamentar Ignacio, tan distraído en graves inquietudes, que no repara en la sonrisa brusca de su confidente.

El cual no ha visto a la molinera hace un mes, desde la mañana inolvidable en que la niña desconoció al hidalgo y salió de la torre sin esperanzas ni designios.