XI
LA MANO DE NIEVE

No volvieron a encontrarse hasta el día de la boda.

Parecióle a Nicolás que los encantos de su ahijada habían crecido de manera increíble, y admiraba en ella, con extrañísimo temor, la bruma de los ojos, el rocío de las pestañas, la niebla de la sonrisa, todo el conjunto hechicero y singular de aquel rostro que trascendía al vaho de un corazón lleno de pena.

Sentía el padrino delante de la novia un doloroso remordimiento, clavado en la herida de sus pasiones inconfesadas y mordientes, mezcla de venganzas y ternuras, de celos y de amor, ponzoña de la sangre junto al propósito noble del espíritu.

Para absolverse pensaba que había contribuído a darle un buen esposo, honrado, opulento y cabal, y se quería esconder a sí mismo la intención de su influencia triste y oscura, hirviente de codicias y tentaciones, nebulosa como un sueño heredado. Un fatalismo imperioso le inducía a proteger la solicitud del rechazado pretendiente contra el mozo preferido, el temible rival. No premedita emboscada ninguna para dañar al matrimonio que favorece; se contenta con impedir que la mujer deseada realice la plena dicha de otro hombre. Al quererla Malgor enceló con su reclamo a un cariño que dormía engañoso, disfrazado de paternidad, y que despertaba asustadizo y clarividente a la vez. La sorpresa del descubrimiento y la cobardía innata de Nicolás ahogaron las voces de aquella revelación: no tuvo el solariego ánimos ni arrogancia más que para huir de su propia conciencia y un ciego instinto para negar a Dulce Nombre los brazos de Manuel Jesús. Procuró ardorosamente el viaje del mozo; él mismo le condujo a Torremar y le dejó en el buque, valido de su ascendiente con la pobre familia de Cintul, embriagando al viajero con razones de altruísmo y sensatez, gastando a manos llenas el dinero de Malgor.

Después de aquella pugna febril cayó en una silenciosa pasividad y estuvo muchos días sin salir de su aposento, con el rostro huraño y la mirada calenturienta, hasta que hoy la boda le pone frente a la desposada.

Y se le parte el corazón bajo el aura de inquietud que los envuelve a todos en la sombra de una mañana decembrina, empeñada en no amanecer.