Se celebra el casamiento muy temprano y sin ninguna ostentación; asisten Camila y Martín; la madre del novio, anciana y desapacible, mal conforme con la alianza de su hijo; Hornedo y el delegado del juez; Antón, que sirve de sacristán.
Aunque se ha ocultado con sigilo la fecha del acontecimiento, por reiterada voluntad de la novia, algunos curiosos bullen alrededor del grupo, avisados por esas oficiosidades aldeanas que ningún secreto las evita.
Da principio la ceremonia en el atrio de la Iglesia, abierto a las ráfagas del aire, y culmina en el presbiterio, opacamente; las luces no logran romper toda la penumbra del altar; un soplo frío y lúgubre corre por las naves anchas y vacías; los rezos del cura suenan como un zumbido arrinconado en la noche; callan a veces los latines y queda el silencio erguido igual que un ser inevitable.
Nicolás está dando diente con diente; los dolores de su vida, solitaria y medrosa, le penetran de pronto con angustia indecible; un profundo anonadamiento le invade. Y cuando el acto concluye, sigue la comitiva con el paso torpe, llega al molino con un esfuerzo maquinal.
Todavía está la mañana oscura lo mismo que una cueva; plañe el viento; la masa del paisaje se esfuma sin contornos en las derrotas.
Malgor quiere llevarse a su mujer en cuanto cambie de vestido; pero ella permanece inmóvil con su traje negro, envuelta en una mantilla que a Nicolás le parece de luto.
Una gran indecisión reina en cuanto sucede; ni el padre ni el marido saben ejercer su autoridad. Tratan a la muchacha compasivamente, igual que a una víctima a quien nada se niega en el momento aciago del sacrificio; y Dulce Nombre, aquí lo mismo que en la parroquia, habla como en tinieblas; diríase que no entiende las preguntas que le hacen ni las contestaciones que da; tiene el aire de olvidar en un segundo las palabras que oye y las que pronuncia.
Al fin se abre el día, tardío y helado, perezoso.
Con la luz desciende sobre la fábrica un poco de actividad. La joven se ha cambiado el vestido: luce uno elegante y señoril que pertenece a su nuevo estado de novia rica, y está dispuesta a seguir al esposo, desde cuya casa, después de una comida familiar, saldrá el matrimonio de viaje.
En vano intenta Hornedo sustraerse al suplicio de la invitación: el indiano recobra su energía y decide que el padrino les acompañe. Se deja llevar, inseguro y macilento, siempre a remolque de la voluntad ajena, atado con mordiente hechizo a la ventura de su camarada.