Ya cunden por el lugar noticias indudables del suceso, y los alrededores de la aceña se van llenando de vecinos; algunos disimulan su curiosidad con el pretexto de moler; otros se detienen en las veredas, con un rumbo imaginario; los mozalbetes y la chiquillería se asoman sin rodeos a las ventanas del salón.

Pero las ruedas están dormidas; Martín, muy solemne, con un semblante de tristeza orgullosa, despide a los importunos, mientras el novio, ya dueño de sí, procura dominar la incómoda situación hablando a la gente con mucho agrado, dentro y fuera del molino, y Dulce Nombre lo mira todo con los ojos atentos, curiosa, al parecer, como los demás, en una actitud repentina de observación.

No puede esperarse que arribe un coche a los dominios de Martín, y la boda se resigna a llevar su cortejo creciente hasta Luzmela.

Va por una ruta corva y delgada sobre la humedad del mantillo: el ramaje seco levanta sus brazos a la altura como si pidiera misericordia; cubre el Salia todos los rumores con su voz torrencial...

La casa del indiano, restaurada y lujosa, con más esplendidez que buen gusto, linda también con el bosque, señor de medio valle, y tiene una entrada por él; más arriba, sin sustraerse al acoso del arbolado, se yergue solitaria la torre de Nicolás...

Esta es la primera vez que Dulce Nombre pisa las estancias que ahora son suyas; las contempla distraída, indolente; no consigue un poco de interés para cuanto la espera allí. Y mientras resbala el día en un violento sinsabor, habla sólo cuando la interrogan; huye de su padrino con involuntaria enemistad, sonríe al esposo de una manera inquietante, como si no le conociese.

El acaba por sentir el influjo de aquella extrañeza, vuelve a perder el aplomo, sufre una lástima incurable cuando la niña deja oír la aterciopelada dulzura de su acento.

Le acompañaba Nicolás tácitamente en sus compasiones, dolido del rencor de la moza, ansioso de consolarla, desesperado de perderla.

Se le aproxima cuando puede y le dice una frase cariñosa; ella le clava los ojos dorados y altivos, le detiene con una sonrisa hostil; después se acerca al balcón y mira al campo a la altura fría de las montañas, al cielo crepuscular; todo la cohibe dentro de las habitaciones desconocidas; todo la requiere en el paisaje amigo. Le parece que la selva corre hasta allí tendiéndole los brazos, y que se agita luego con un gran ruido de alas, como si echase a volar por encima del monte. Y presta una atención supersticiosa a cuanto se mueve al otro lado de los cristales, a la blancura lejana del molino, al oropel inquieto de las nubes.

Anochece, declina la tarde a los precarios fulgores de un sol invernal.