Ha llegado el momento de partir: ya está el coche a la puerta con los equipajes cargados. Malgor no sabe cómo arrancar a su mujer de la incomprensible quietud, y él mismo la prolonga con pretextos pueriles, como si temiese que Dulce Nombre se resistiera a acompañarle.
Adolece Martín de parecida intranquilidad y hasta la suegra se preocupa de la tardanza, mientras Camila gime por los rincones y Nicolás comprende que la despedida no da treguas: es imposible detener al tiempo y han sonado los fatales minutos.
—¿Vamos?—dice el marido vacilante, como si pidiese perdón.
Tiene que repetir la pregunta junto a la esposa, que sigue con el rostro pegado a los vidrios.
Se vuelve entonces sorprendida, y percibe toda la oscuridad de la habitación.
—¡Ya es de noche!—pronuncia. Se le ha entrado en el alma toda la esencia alarmante de la sombra.
Dulce Nombre no es inocente como las pastoras idílicas de los libros. La naturaleza salvaje de los campos le ha hecho sus revelaciones, sin perfidias, con esa clara brutalidad que no estorba al íntimo candor de los espíritus, y desde que la joven tuvo novio soñó estremecida con la hora misteriosa y tierna de las desposadas.
—¿Vamos?—repite aún el marido.
La suegra enciende luces y empuja a la muchacha hacia un dormitorio donde ella recoge alguna cosa.
Cuando sale de allí, con un velo sobre la cabeza, está blanca igual que un lirio, le chocan los pensamientos unos con otros, sordamente, y se le deslíe la inquietud en el zumo claro de las pupilas.