Bajan todos la escalera muy despacio, en silencio.
Entra en el portal con la agitación del aire el hálito de las hojas muertas y el bramido remoto de las olas. Alguien dice:
—¡Cómo suena la mar!
Es Gil, que a la puerta del indiano habla con el cochero y sonríe de una manera absurda.
En torno al carruaje hay un círculo de curiosos. Algunas mujeres abrazan a la novia, que se deja acariciar y despedir hasta que le llega el turno al padrino. Entonces, con un gesto mudo, le alarga la mano, fría como la nieve; él la recoge entre las suyas, devorando con los ojos a la moza, hambriento de su belleza intacta, y algo se le derrite en las venas que le hiela el corazón, cuando el esposo desde el coche pide aquella mano y la atrae hacia sí.
Pero ha subido la muchacha; se asoma a la ventanilla, habla trémulamente con su padre y con Gil, lleva con lentitud la mirada a los cielos donde riela la luna como un escalofrío del paisaje.
El rostro pálido luce todavía un segundo el resplandor triste de su gracia; cruje un fustazo, se mueve el coche y la novia desaparece en las negruras del valle, como una estrella que se hunde en su caída...