XII
CENTELLA DE AMOR

Al volver el matrimonio a la montaña, ya trasciende en los huertos con íntima dulzura el perfume suplicante de las violetas; han crecido los días y los caminos de la mies; un vaho primaveral sube de las campiñas a los montes y gana las cumbres como si buscase el cielo acogedor.

Dulce Nombre mira las cosas con asombro incesante, sorprendida de encontrarlas en idéntico lugar: allá arriba las cabañas orlando los abismos; aquí el bosque en la hondura del valle, corriendo detrás del Salia, perdiéndose de vista con el río por la hoz. Y los mismos horizontes estrechos, las mismas caras familiares en las personas y la Naturaleza, en las campanas iguales voces que claman y huyen como aves de paso: la vida rural atenta y sorda, hoy lo mismo que ayer.

El propio semblante de la muchacha está retratado en el espejo con su aire de siempre, luminoso y juvenil. Y a ella le extraña mucho esta inmovilidad. No ha contado bien el tiempo de su ausencia: esperaba encontrar envejecidos a su padre y a Camila, variado el rostro de los parajes y las criaturas.

En cambio practica sus nuevas costumbres sin gran extrañeza: vestirse de señora, gustar manjares finos, pasearse en coche, son ventajas que no la sorprenden. Tuvo ella nativas inclinaciones de elegancia, afición a lo bello y esmerado, noticia de todas estas comodidades que hoy disfruta con naturalidad algo desdeñosa, como quien las merece y las paga. Su carácter, altivo por ser cántabro, la induce a no demostrar codicia ni admiración hacia estas cosas que antes fueron ajenas a su vida.

Ya la moda, con visos de cultura, ha nivelado mucho aquí el indumento de las clases, sobre todo en la mujer: las aldeanas cortan su traje festivo por un patrón de señorita y, salvo el coste de los géneros, la esposa del indiano se distingue muy poco de la antigua molinera.

Pero en las intimidades del hogar teme Dulce Nombre no conseguir nunca la disciplina de su corazón: vive con los pensamientos desatados en una esperanza que a cada instante agoniza y torna a renacer; sufre y disimula; sonríe con una tristeza rebelde; calla en un silencio orgulloso, y cobra todos los días nueva gratitud al marido que cumple fiel su propósito de tratarla delicadamente, con aquella blandura que tuvo para las gargantillas y las pulseras, los zarcillos y los broches.

Verdadera mano de joyero es la suya, en las caricias y las solicitudes, mano temerosa del roce brutal, obediente a la resignación, abierta a la dádiva y al homenaje: el hombre rico aspira a merecer, no a lograr, y tiene para su esposa todas las generosidades y las benevolencias.