Ninguna traba, ningún reproche descubren en Malgor sus celos incurables, el calvario de un cariño que sólo consigue la recompensa del agradecimiento. Fué aplazando la hora de amar, se contuvo a la orilla de las pasiones con una sensatez indefinible, mezcla de incertidumbre y de pavor, y hoy, que desde la altura de su camino elige resueltamente una compañera, conoce que es tarde: se le ha ido la juventud. Ya toda la prisa, la decisión, la voluntad, son armas inútiles frente al deseo de que una niña le adore.
Pero aun confía vagamente en el milagro; piensa que a costa de muchos méritos pudiera la gratitud convertirse en pasión: quiere dejar a la muchacha en una absoluta libertad, que haga en todo su gusto, que triunfe en los caudales y en la casa como dueña y señora de cuanto el marido tiene.
No ha pensado nunca Malgor en abandonar a su madre: junto a él vive, estimada y con fueros propios, mas en distintas habitaciones, con servidumbre independiente y sin ninguna intervención en el dominio de la nuera. Y gruñe un poco, escandalizada de las prerrogativas de la mocedad, a punto de rendirse bajo el encanto de la Intrusa, mientras ella hace uso de aquellos privilegios con una sobriedad tranquila y los aprovecha casi únicamente para irse al molino sola y a menudo.
Allí reconstruye su existencia anterior embriagada en las memorias habituales, contando los minutos que se han muerto y empeñada en no oír cómo las horas nuevas desvanecen en el aire su melodía. El fragor del trabajo apaga todos los ruidos exteriores, y si callan las piedras, yergue el río la frescura de su voz aturdiendo a la muchacha.
Eso es lo que ella quiere: aislarse del tiempo, ensordecer la vida y mirar lo pasado como única lontananza.
Pocas veces se asoma Dulce Nombre a la sala molinera; sólo de paso se detiene si alguien la saluda, habla un instante y se dirige a su querida habitación, solitaria y evocadora, abiertas sobre el huerto y el río las ventanas inolvidables.
Cualquiera de las dos la seducen, porque desde ellas domina los recuerdos con un poco de serenidad. Abajo, al borde de la presa, siente una fascinación dolorosa que la espanta, y en el humilde vergel sufre demasiado con una ternura inexplicable hacia todo lo que allí se nutre y palpita.
Nunca ha mirado así las primaveras, con esta compasión rara y ardiente que hoy la impide coger una rosa, pisar el trébol, rozar con los vestidos el cáliz campanudo del arándano. Las azucenas le parecen de cristal: no se atreve a tocarlas por no herirlas, ni a sacudir, como otros años, en la hiedra la flor azul, los haces verdosos en el espino cerval.
En cambio, desde la altura de su habitación todas las cosas le dan una respuesta más lejana y apacible: el filo de los senderos, las espumas del río, la cresta de las montañas, los árboles del bosque. Y se está allí horas enteras, con el corazón entreabierto, devota y muda, estática como el paisaje...