En este mismo anochecer se despide la joven del molino con su acostumbrada pesadumbre. Camila sale hasta el umbral; Martín ha tirado de la paleta suspendiendo la trituración, y se dispone a ensacar la harina: desde que la fábrica es suya se ha vuelto muy avaricioso y vigila con creciente solicitud la hacienda y el provecho.
Ignora Dulce Nombre que su padre se haya convertido en propietario a expensas de ella, y no obstante le mira con menguada estimación; a su lado se encuentra sola.—¡Está lejos de mí!—se dice interiormente, y se extraña pensando:—¡Ser hija de un hombre se reduce a una casualidad!
Ahora mismo él se queda allí preocupado de su negocio, sin ver la angustia con que la muchacha afronta el camino del nuevo hogar.
Marcha presurosa, con el paso a la medida del pensamiento, esquiva al roce de cuanto la rodea, como si temiese el contacto de las emociones. Y en un recodo del ansar alcanza a las últimas veceras del molino, Tomasa y Clotilde, muy calmosas aquella tarde, con sus canastos de harina apoyados en la cintura.
Es la primera vez que Dulce Nombre encuentra a la hermana de Manuel Jesús, después del casamiento: tampoco ha visto a su padrino, obstinada en rehuir las visitas y las curiosidades de la vecindad.
Pero aquí Tomasa la obliga a la conversación.
—¿Qué, no quieres nada con nosotras...? Llevamos el mismo rumbo: te acompañaré.
—Y yo hasta la pontezuela—añade Clotilde con alguna cobardía.
—Sí, sí; me alegro mucho.
—¿De verdad?