—Ya lo creo.

—¿Por qué no ha de alegrarse?—aduce Tomasa, aprovechando la ocasión—. Después de todo, bien quiso a tu hermano, hasta el otro día, como quien dice.

—¡Pobre Manuel!—pronuncia con lástima la niña de Cintul. Y baja la cabeza, que en la sombra, ya difusa, le brilla con un color dorado de trigal.

—¿Pobre?—balbuce la de Rostrío.

—Pobre, sí—confirma Tomasa con mucha indignación: le engañaron con embustes y sermones; te le quitaron entre Malgor y tu padre.

—Él se quiso ir.

—No es cierto; miente quien lo diga: pregúntaselo a ésta.

Clotilde, ante el reclamo, se crece y asegura:

—Le dijeron que si no se marchaba serías tú siempre una infeliz, una miserable como las demás... Y se fué para darte la suerte; pero estuvo llorando toda la noche... Creímos que se volvía loco, ¡si vieras...! Corría a tientas por este lerón, subía y bajaba a Cintul sin poderse detener... ¡Daba miedo!