—¡Ay!—dice solamente Dulce Nombre.

Tomasa, viéndola sufrir, insiste, maligna y gozosa:

—Te le quitaron entre tu padre y Malgor.

—¿Mi padre también?

—¡Vaya...! Para cobrar la aceña, que ya es suya.

—¡No, por Dios!

—Que te lo jure tu marido...

—¡Calla!

—Todo el mundo lo sabe.

—¡Es imposible!