—Y hasta don Nicolás anduvo en el negocio con las pesetas del tu hombre: ¡parece mentira!

—¡Ay!—repite la engañada, con otro suspiro, más largo, más profundo; siente viva la centella de la pasión, aventada entre los escombros de la felicidad, y se olvida de las traiciones, de las miserias, de las realidades que la conducen lejos de su ventura... No desconoce los deberes de su nuevo destino porque ya le han temblado las entrañas; pero se acuerda de un solo amor, del único libérrimo y consciente. Y le saluda con beatitud en la oscuridad: está allí bajo la noche que llega cargada de aromas finos y penetrantes; está en el aire húmedo y tibio, en el fuerte arrullo del Salia, crecido con los manantiales de abril.

Dulce Nombre, que ya no escucha a sus compañeras, se ha vuelto de repente muy asequible a todos los ruidos misteriosos, a todos los movimientos callados de la vida, y descubre el oculto latido de las plantas, oye cómo la raíz de los árboles escarba por el suelo; atiende a la fuerza sonora del propio corazón, al vuelo claro de la luna que se levanta en las nubes con las alas abiertas...


SEGUNDA PARTE

I
EL PUÑAL EN LA HERIDA

Muchas horas tristes había contado Dulce Nombre desde aquella de revelación para su alma.