Y cada año saludó impaciente a la lluvia ágil y presurosa de abril, al campo reverdecido, a la nueva flor.
Tenía un presentimiento de libertad; confiaba en que el destino le cumpliría sus promesas. Porque Manuel Jesús no la había olvidado; se relacionaba continuamente con Malgor y permanecía soltero, juicioso, muy solícito para su familia y sus memorias, expresando por cartas, emisarios y otras señales elocuentes, su deseo de volver a Cintul, sus íntimos propósitos de conseguir algún día la realización de una sola esperanza.
Y Malgor vivía muy enfermo, andaba tímido por la tierra, calmoso y vacilante, sin atreverse nunca a correr, ni a reír, ni a llorar; huyendo del dolor y llevándolo en sí mismo, agazapado en el pecho con amenazas de muerte.
A los pocos meses de casado padeció un ataque anginoso con la terrible contricción retro esternal y la angustia suprema de la agonía. El médico del distrito, Mariano Esquivel, primo de Nicolás Hornedo, llamó en consulta a las eminencias de la región, que diagnosticaron aciagamente como él.
Oyó Dulce Nombre muy sorprendida la sentencia de su marido: tenía una angina de pecho, una lesión mortal de la que podría defenderse algunos años si evitaba las emociones intensas, los cambios bruscos de temperatura, los ejercicios violentos.
—¡Lo evitará!—prometió la muchacha seria y firme.
—De esta suerte... ¡quién sabe!—añadió Esquivel—podrá ir viviendo... cinco..., diez..., hasta quince años... Aunque es imposible precisar...
—¡Quince años!—pensó Dulce Nombre muy adentro; y sin poderlo eludir, echó a volar la imaginación por ignorados caminos, dudosa entre el gozo y la pesadumbre, anhelando saber si era preferible aguardar siempre en el cruce de los recuerdos, o sentarse a la orilla de una fecha con un poco de silencio en el corazón.
Le tembló una sombra en los ojos, y una sonrisa en los labios. Iba a ser madre; un torrente nuevo circulaba por sus venas, una gracia desconocida entrañaba su carne grávida del misterio: sintióse valerosa y se juró una inviolable fidelidad al hombre sentenciado... Después, a lo largo del tiempo, ¡cuántas inquietudes y vacilaciones!