Nació la criatura esperada, una niña graciosa y fuerte que llenó la casa de alboroto y movimiento. El padre olvidó su enfermedad, mostróse la abuela enternecida, un poco envidiosa, y allá abajo, en el molino, robusteció Martín el orgullo de su alianza con la opulencia del valle, mientras Camila andaba más cavilosa que nunca, suspirando sin cesar.
Fué preciso que Hornedo saliera de su torre para sostener en los brazos a la nueva ahijada. No lo hizo sin resistencias ni disculpas; estaba secretamente reñido con Dulce Nombre desde que ella le echó en cara su intervención en la marcha violenta de Manuel Jesús. En vano trató de defenderse:
—Lo hice por ti, por tu bien.
—No; eso está muy oscuro: primero me habías dicho que casarme con Malgor era una locura.
—Así, de repente, me lo pareció, porque te lleva mucha edad; luego pensé que te convenía. No es un viejo; está en la plenitud de los años; es agradable, excelente, rico...
—Yo te contesté que quería al otro.
—¿Y ahora?—preguntó Nicolás ciego de impaciencia.
—¡Ahora, también!
Una ráfaga de alegría iluminó el semblante de aquel hombre tortuoso.