—Este—aludió con aparente censura—es tu marido.
—¿Qué más da...? Yo no le elegí... El molinero es mi padre y le he dejado de querer.
—¿A tu padre?
—¡Me vendió!—repuso Dulce Nombre, áspera y triste—. Tú le ayudaste, sin duda para servir a tu amigo... el menos culpable de la infamia que habéis cometido con nosotros.
—Si hubo culpa—dijo Hornedo muy alterado—la menor es la mía, que nada gané... y todo lo perdí.
—¿Perdiste...?
El hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, escondió los ojos delatores, apagó la voz.
—Perdí tu amistad.
Callaba la joven, a punto de conmoverse bajo aquel acento pesaroso lleno del antiguo cariño; pero el hidalgo quería insistir en acusar a Malgor, y volvió a aludirle, entre dientes, añadiendo:
—El que puso en ti la codicia ha causado todo el mal; no le defiendas: corrompió a tu padre; me obligó a ser injusto con Manuel Jesús; levantó la tempestad en tu vida...