Quedóse la moza desconcertada; ¿por qué el padrino se volvía ahora de pronto contra Malgor...? Era incomprensible.

Le miró con insistencia sin conseguir hallarle claras las pupilas, sin recobrar junto a él la confianza y el aplomo de otras veces: algo desconocido y amargo se interponía entre los dos. Sentía el padecimiento de él como una cosa tangible y dura que la desazonaba, y no se decidía a consolarle. Acabó por encogerse de hombros, todavía rencorosa, distante, a pesar suyo, de aquel único amigo de su niñez.

Pero Nicolás no quería alarmarla con sospechas, y murmuró, cauteloso el acento:

—También Manuel Jesús ganó algo al perderte: mejoró de fortuna, cambió el arado y el dalle por las piedras preciosas...

—Le hicisteis creer que con eso me hacía feliz.

—Todos nos equivocamos; yo solo padezco el castigo.

—Y él se fué inconsolable; le habéis echado; le impedisteis que me viera y me hablara...

—¡Cómo te duelen sus cuitas!

—Y me dolerán siempre. Desde que las supe estoy contenta, porque sé que le puedo querer, que sigue siendo mi novio.