—¡Estás casada!
—¿Qué importa? Nos separasteis con engaños, pero no podéis separar nuestros corazones.
Nicolás palideció aún: se abrasaba de envidia por el ausente.
—¡Mucho confías en él—exclamó sombrío y hosco.
Entonces palideció ella.
Atravesaban el ansar, donde el señor se había hecho el encontradizo cuando volvía Dulce Nombre a su casa en un lento crepúsculo de mayo, sola y pensativa. La duda solapada del padrino la obligó a detenerse llena de zozobra:
—Confío en mí—dijo con ardor—y por mi seguridad juzgo la suya.
Estaba inmóvil; se le estremecía en los ojos el candor del paisaje.
De pronto siguió andando, muda y rápida, en el silencio campesino del anochecer, traspasado de rumores leves, saturado de perfumes indómitos.