El río ponía en el ambiente su acorde incansable bajo un cejo de niebla azul; se percibía en el aire el temblor de las flores, el aleteo de los pájaros en su última ronda, el zumbido inescrutable de élitros y murmullos recónditos.
Iba Hornedo junto a la muchacha callado y vengativo, gozándose en verla sufrir de celos y de amor lo mismo que él, y seguro de que su único rival era el ausente, lejano, perdido, inaccesible. Había temido que el esposo, a fuerza de ternura y de bondad, conquistara el deseado corazón; por eso le culpaba, aun a costa de parecer inconsecuente. Ahora le convenía fomentar los imaginarios derechos de Manuel Jesús; que el riesgo de perder toda esperanza fuese para el hidalgo cuanto más remoto. Y no tuvo un plan de conquista, no fraguaba un acecho ni una conspiración contra el amigo. La moza le parecía sagrada; un miedo supersticioso le hubiese impedido extender la mano hacia ella; pero el instinto y la pasión le inducían a guardarla de otros amores, con un indefinible anhelo de ventura.
Ya estaban en los linderos del indiano: una verja, un portel, y el ansar penetraba en la finca de Malgor sin torcer su rumbo, siempre encaminado por la ancha orilla del río.
—Adiós—dijo Dulce Nombre únicamente; volvió apenas la cara y entró en su parque, ya cubierto de sombra.
—Adiós—repuso Nicolás, amordazado por el enojo, perdiendo de vista a la muchacha en la espesura de la noche ciega y vigilante...
Después la vió muchas veces y la tuvo que hablar en distintas ocasiones, amigos en apariencia, escondiendo de un modo tácito su inexplicable disgusto.
Hasta que la hora del bautizo les obligó a mayor intimidad y ablandó un poco la pesadumbre de aquel secreto raro y confuso para la joven.
Mostrábase ella muy conmovida con el suceso de su maternidad, mirando con extrañeza y unción a su criatura, la carne inocente, el alma dormida, la iniciación de un destino, el nuevo ser; todo en la nena le parecía inefable y milagroso, llegado de muy lejos, puesto en el mundo con una gracia pura y reverencial.
Y las palabras, los sentimientos de la madre, eran cándidos y humildes también para el padrino, que se empeñó en llamar a esta ahijada Dulce Nombre de María, lo mismo que a la otra.
—Le diremos sólo María para no equivocarnos—propuso Martín.