—O le diremos Dulce—opinaba Malgor, embelesado con el nombre de su mujer, radiante de optimismo y de ilusión en aquellos días.

En tanto Nicolás contempló a la amada con embriaguez, encontrándola más hermosa con su cálida blancura de convaleciente, y su adorable expresión de sorpresa y beatitud.


II
SURCOS Y TREGUAS

Cundía la existencia de Dulce Nombre ruda y solitaria, por un solo cauce: la hija, el campo, el molino, la pena detenida en el corazón... Así un año y otro al atisbo del único horizonte, emplazada la ventura, aguardando los soplos de la muerte como señuelo de la libertad.

Ya casi nadie se acordaba del fracaso de aquella vida, sino en comentarios superficiales, en vagas conjeturas; la esposa de Malgor tenía motivos para ser más feliz que cualquiera otra mujer. Su carácter reconcentrado se achacaba a la poca salud del marido; y, por otra parte, se envidiaban su posición, su belleza, las consideraciones que en torno suyo ponía la fortuna.

—Siempre ha sido algo orgullosa—solían decir, viéndola esquivar las amistades del señorío.