(Llorosa.) ¡Qué lástima!
CARMEN
(Lo mismo.) Da mucha compasión.
ANDRÉS
(Vuelve a sentarse, caído en su quebranto.) ¡Sí; la suerte suya!... ¡Tenía que morirse a las inclemencias del cielo, según había nacido!
LUISA
¿Fué allí en el invernal?
ANDRÉS
Ni eso siquiera. Toda la noche padeció sin lamentarse, con los ojos más despiertos que nunca, mientras Serafín, deshambrido y cansado, acabó por dormirse. Bajo las hendeduras abiertas a los temporales no les hallé apenas el abrigo de un rincón y ni un puñado de rozo o de escamonda para mullirles una cama. Quise darles calor con mi cuerpo y no logré que Jesús dejara de temblar...