—¡Oh, no!—protesta casi intimidada—: de primer orden, no.
—Un estreno teatral femenino—prosigo—es aquí un acontecimiento, y tratándose de una firma, como la de usted... Pero esto es un pretexto; hace mucho que yo deseaba hablar con usted para poder luego hablar de usted a mis lectoras. Y antes de tratar de su nueva personalidad literaria, yo quisiera que me hablase usted de su vida.
Y me habló de su vida muy sencillamente, con su voz dulce e igual, parándose a menudo, como si cada palabra evocase algo ante sus ojos, que miran siempre más allá...
—Y ahora hablemos un poco de su última encarnación literaria. ¿Cómo se le ocurrió escribir para el teatro?
—Paso de la novela al teatro con la misma naturalidad y lógica que pasé del periodismo a la novela, o de los versos a la prosa. Hace algún tiempo escribí El Jayón en novela para La Novela Corta. Mis pocos amigos intelectuales me aseguraron que los tres capítulos de El Jayón eran más bien tres actos de un drama. Y un buen día me decidí a seguir su consejo y, en efecto, a medida que escribía me parecía que mi novela iba adquiriendo su verdadera forma, realizando su verdadera misión.
—Volviendo al motivo de actualidad de mi visita, ¿cuáles son sus impresiones de autora dramática en día de primer estreno?
—Estos días confieso que en los ensayos sufrí un poco; es doloroso el oir las frases que nos dictó la emoción, cien veces remachadas, indiferentemente, desapasionadamente. Yo comprendo que esto es una sensación algo pueril, de autora novicia.
—No sé si es pueril, pero me parece que debe ser muy justa. ¿Y hoy?
—Hoy estoy muy tranquila; soy muy optimista.