(Envuelta en un mantón, con abarcas, llega muy arrebujada, llamando desde el camino.) ¡Marcela!... ¿Dónde estás?

MARCELA

Aquí, ¿dónde quieres que esté? Clavada en esta linde, esperando que pase la cellisca, pidiéndole a Dios que «aquellos» vuelvan sin mal ninguno.

LUISA

(Desembarazándose un poco del chal.) Ya sabía yo que estarías así, con el alma en un hilo, hecha una calamidad... Por eso vine.

MARCELA

(Agradecida.) Hiciste bien.

LUISA

(Mirándola con aire de reproche.) No; si tú no vas a llegar a vieja: ¡lo digo yo!