—Un año. Apenas la levanté yo, por detrás de mí se volvió a tejer el enredo.
—¿Pagó usted muchos intereses?
—Pocos...
—¿De verdad?
—Mujer, no te preocupes—eludió el cura, angustiado por la turbación de la joven.
Pero ella, recelosa, alarmadísima, deseando conocer toda la magnitud del desastre, hacía signos de incredulidad. Y al mismo tiempo que preguntaba, iba acercándose a la puerta, como si sintiera impulsos de huir antes de obtener una contestación categórica.
Don Miguel no quería dejarla marchar tan abrumada.
—Yo tengo mis planes—dijo aún, reteniéndola;—un programa de nueva vida para vosotros.
—¿Cuál?