—¡Mujer, no tanto!... Te alucinas...
La moza no escuchaba razones: en la aterciopelada dulzura de sus ojos se dilató el espanto de necesitar con urgencia ¡veintidós mil reales!... una suma tal, que acaso no existiera en el mundo... Sintió de repente en sus hombros las dos manos de don Miguel.
—Esto se arregla, ¿entiendes?—dijo el sacerdote—. Esto se arregla a escape: yo no he agotado todos mis recursos para buscar ese dinero; me he explicado mal sin querer; te estoy haciendo sufrir de una manera intolerable.
—Aunque esto se arregle por milagro de Dios—repuso la joven obstinadamente—, la abuela volverá a las andadas. Yo no sé cómo viviendo con tal miseria necesita empeñarse una y otra vez: ¡ya no confío en apoyar la casa que se hunde!
—Mira: tu abuela es una calamidad. En la sombra confusa de su vida brilló sólo un amor: el de la madre. Y esa única luz ha ofuscado a la pobre mujer en lugar de alumbrarla. Repartió su ciega idolatría entre los hijos mientras la muerte se los iba arrebatando, y por una de esas flaquezas propias de criaturas vulgares, concentró después sus desvelos en uno de los dos que le quedaban.
—Mi tío Isidoro—suspiró Florinda.
—Sí; porque tu padre casó con forastera... El predilecto, mal afortunado en sus negocios mercantiles, emigró hace tres años con la misma fatalidad que le acompañó en España, y desde entonces, cuanto pide a su madre, se lo manda ella, escondiéndose de los que debemos evitar que os arruine a todos sin provecho para ninguno, porque Isidoro, enfermo y torpe, no sirve para nada.
—¿Y quién cura esa manía?
—Yo la curaré ahora que la experiencia me ha prevenido; ahora que tu padre me ha otorgado poderes y atribuciones para intervenir en cuanto sea menester.
—¿Hace mucho que se renovó esa hipoteca?—preguntó la niña avergonzada.