—Cursé mis estudios de limosna, sin saborear nunca la posesión de una peseta; caí en las adversidades de este pueblo sin poder remediarlas, y cuando las vuestras me tocaron en lo más vivo del corazón, enloquecí hasta el punto de creer en la existencia del embustero metal: en mi prisa por salvaros pagué al tío Cristóbal con la dote de Ascensión...
—¿Qué?
—¡Y ahora no parece el dinero ni para vosotros ni para mí!
Alzóse precipitadamente de la silla, pesaroso de haber dejado escapar semejante confidencia; Mariflor, desolada, se había levantado también.
En el profundo silencio de la tarde descendía la sombra invadiendo la estancia; asomábase por el abierto balcón el cielo, de color de violeta.
—No te apures, chiquilla—repuso el cura por decir algo—; he sido un torpe: no quería contarte así las cosas.
Con fácil prontitud asociaba Florinda a las últimas revelaciones de su amigo cierta frase que antes sorprendiera: un nuevo empréstito. Y ahora comprendía el alcance de esas palabras.
—¿De modo que fué inútil el tremendo sacrificio de usted?
—¿Tremendo?...—sonrió el cura con generosidad.
—¿De modo—repetía Mariflor como una sonámbula, dando vueltas por el despacho—que diez y doce veintidós mil?... ¡Esta sí que es suma fabulosa! No hay nadie que la tenga «disponible».