—¡Sí!; es buena yunta, pero ha trabajado mucho y está maltratada: no veo además otro medio de obtener un respiro, que debe ser corto, muy corto, para que los fatales intereses no vuelvan a subir, para que sacudáis de una vez esta inicua explotación.
—Sí, sí—decía la moza—. Pero después, ¿qué haremos con poca hacienda y sin costumbre de trabajar?... Si mi padre no tiene suerte, le veo mal fin a nuestras angustias: más difícil será evitarlas en lo sucesivo que ponerles remedio ahora... Diez mil reales—añadió optimista—se encontrarán fácilmente.
—¿Crees tú?—interrogó asombradísimo don Miguel.
—Se me figura...—murmuró azorada la joven, dudando de repente si habría dicho una inconveniencia: su generosa juventud contaba miles de reales con mucha facilidad.
Así, cuando el párroco declaró rotundamente:—Yo no conozco a nadie que tenga tanto dinero disponible—balbució sobrecogida:
—¿Le parece a usted mucho?
—Para darlo o prestarlo a un pobre, me parece una suma fabulosa. ¡Estoy bien seguro de ello!
—¿Lo ha experimentado usted?—replicó la zagala con la inquietud de súbita sospecha.
—Si yo «encontrase», como tú dices, esos miserables cuartos, ¿estaría vuestra deuda en pie?... No creo en el dinero; no sé dónde se esconde; no parece por ninguna parte cuando se le busca para hacer caridad: por no tenerlo sufrí en mi primera juventud los más refinados pesares...
Triste ráfaga de evocaciones pasó como una nube por la frente del apóstol.