Los ojos de Florinda dijeron estas palabras aún más profundamente que sus labios.
—¡Si usted quisiera explicarme—agregó después con vivo rubor—cuánto debemos a ese hombre y en qué forma!... Yo entiendo algo de cuentas y necesito ayudar a mi padre con usted.
Absorto, perplejo, no sabía el cura qué decir, entre el reparo de abrumar a la muchacha con más hondas preocupaciones y la admiración de verla sobreponerse a sus íntimas amarguras para socorrer las cuitas del común hogar. Decidióse de pronto: la mirada firme y escrutadora de Mariflor no daba treguas.
—Es más intrincado el asunto de lo que tú te supones—comenzó—. El pasado mes venció un nuevo empréstito que el tío Cristóbal hizo sobre la casa, los enseres, el huerto, la cortina y una parcela de regadío en la mies de Urdiales: tres mil pesetas por todo ello, y no fué poco para lo que vale aquí la propiedad y lo que hacía temer la usura del prestamista. Pero no te asombres: ese «rasgo increíble» no solamente está garantido con hipoteca de las mejores fincas del pueblo, sino que rentaba de una manera escandalosa. A mayor generosidad... mayor negocio. ¿Comprendes?
—Sí, señor.
—Como tu abuela no pagó los intereses nunca y el tío Cristóbal los cobraba compuestos, la deuda amenazaba doblarse. Así sucedió en otras ocasiones, y así vuestro pariente se quedó con mucho de este patrimonio antes de que yo viniera a Valdecruces.
—¡Y mi padre sin saber nada!—exclama Florinda con desconsuelo.
Un fuerte impulso confidencial persistía en don Miguel, satisfecho de hallar al fin en la familia Salvadores una persona razonable.
—El usurero—continuó—dejaba correr los meses sin apremiaros, mientras los réditos le enriquecían: la hacienda garantizaba los plazos vencidos. Pero ya calculó que tenía «derecho» a quedarse con todo y se resiste a esperar; quiere la casa, los muebles y las fincas de la hipoteca, o los doce mil reales... Hemos tasado en dos mil los bueyes moricos y concede un plazo para el resto si se le entregan en seguida los animales.
—¡Le costaron a mi padre mil pesetas!