—¿Cree usted que el tío Cristóbal llegará a embargarnos, a ponernos en la calle?

—Es capaz—respondió el cura—. Pero no así de pronto—añadió, viendo palidecer a la muchacha—. Hicimos la tasación de las caballerías y con ellas pagasteis el interés de los réditos...

—¿Interés de intereses?... ¡Válgame la Virgen!... ¿Sabe mi padre que están así las cosas?

—Ya le escribí diciéndole toda la verdad, porque ha sido muy dañoso el engaño en que le tuvo la abuela.

—Es inocente como una niña; es ignorante y simple: si no fuera por usted, ya estaría la pobre en medio del arroyo.

—Ahora, con la pareja de los moricos—insinuó el párroco suavemente, como si temiese lastimar con las palabras—creo que el feroz prestamista quedará muy conforme...

—¿También los bueyes?... ¡Lo que va a sufrir la abuela!... Y, dígame, no me asusto; dígame si la casa peligra: es lo que más me apura; que nos echen del hogar de mi padre.

—No, no; yo haré todos los esfuerzos posibles por evitarlo—repuso el cura muy conmovido.

—¡Demasiado hace usted!