—No le pudimos pagar unos salarios, y como estaba para el cuido de los animales, pues se marchó también... ¡Pobre! Iba muy triste, con los tres mulos y la borrica: volvían todos la cabeza hacia el establo al seguir por primera vez el camino de un albergue nuevo... ¡Daba una compasión!
—No quise evitar el despojo—dijo consternado el sacerdote—, porque de los que os amenazan es el menos perjudicial; realmente una recua, por mermada que esté, sin terraje propio y sin tráfico, más bien resulta gravosa...
—La conservaban por cariño y también por algo de orgullo: ¡es tan penoso venir a menos!... Aunque me entristeció la despedida de las bestias, me alegró al fin que cambiaran de amo; estaban, lo mismo que la Chosca, muertas de necesidad... La mujerona infeliz no comía bastante y se afanaba por darles a ellas de comer, en los rastrojos, en los alcores, en los añojales... ¡Pobre criatura! Nunca tuvo casa ni familia: su padre y ella se tratan casi como desconocidos.
—Y lo son. El tío Chosco «ya no se acuerda» de que esa mujer es hija suya. Quedó viudo al nacer la desventurada, fuése lejos y cuando volvió, pobre, viejo y vencido, se miraron como dos extraños... ¡ella también parecía vieja!
—Vivió desde niña en trabajosa esclavitud...
—No da más de sí la caridad de Valdecruces—suspiró don Miguel—. Y Florinda balbució:
—¡Cómo ha de darlo!
Quedóse acongojada, con el pensamiento henchido de penas.
—Pues ¡y el Chosco—insistió luego—, a quien mantiene usted de limosna, que vive sin más ilusión que la de enterar a sus parientes y sólo disfruta olfateando los difuntos!...
Después de una pausa lúgubre, tornó a decir Mariflor: