—En fin, que no estamos conformes—replicó el santo varón algo quejoso.
—¡Perdóneme, señor cura!—exclamó Florinda muy encarnada—. Dios le pague cuanto hizo, cuanto hace por nosotros... Así que Antonio llegue, tomaremos una resolución que le alcance a usted...
Y antes de salir, ocultando el vivo rubor en el umbral de la puerta, añadió entre lágrimas:
—Tengo algunos anillos de oro, el reloj de mi madre, un brazalete... ¡si usted lo quisiera recibir!
Había juntado las manos en férvida súplica, a punto de caer de rodillas. Transido de compasión el sacerdote, hizo un ademán brusco y tierno.
En aquel instante se oyó el eco de unos pasos en el corral.
—Es Rogelio, que vuelve de Monredondo—advirtió don Miguel.
Y la moza, con un signo de silencio en los labios y un presuroso adiós lleno de suavidades, bajó por la escalera aceleradamente.
Esquivando al forastero, deslizóse al «cuartico» donde Ascensión cosía, muy curiosa de la confidencia celebrada en el despacho.