—¿Qué haces?—dijo Mariflor sin saber lo que preguntaba—. Se había enjugado los ojos, y a la media luz del aposento escondía mejor las señales de su angustia.
—Ya ves—repuso Ascensión desplegando un trozo de blanqueta con el cual confeccionaba refajos.
—¿Son para el equipo?
—Sónlo; esta lana es de la trasquiladura de antaño. ¡Da gusto coserla cuando se ha visto viva en los animales!
—¿La has hilado tú?
—Sí; pero antes lleva muchos trajines. Cada vellón se lava, se esponja, se escarpena, se abre, se carda y se hila: todo lo hacemos aquí; después lo tejen en Val de San Lorenzo.
—Y ¿cuándo es la boda?
—El día de agosto, a más tardar; durante el mes que viene se leerán los proclamos.
—Entonces, mañana será el primero.
—No; el domingo que sigue. Pero, ¿cuándo es la tuya?... ¿lo hablasteis arriba?—aludió Ascensión.