—Vine por asuntos de la abuela... Yo no me caso tan pronto.

Resonaban pasos y voces en el despacho de don Miguel, y los últimos alientos de la luz desfallecían en las blancas paredes del «cuartico».

—Sentiste llegar a don Rogelio, ¿verdad?—interrogó la novia, doblando su costura.

—Sí... Ahora me voy: es tarde.

—Te acompaño hasta la fuente.

Tomó la muchacha un cántaro en la cocina, y ambas jóvenes salieron sin hacer ruido.

Ascensión Crespo y Fidalgo es una maragata sonriente y graciosa a quien un leve roce con gentes extrañas a la suya ha dejado suave matiz de alegría en las palabras y en los pensamientos: posee un título de maestra elemental que no logra encumbrarla mucho ni distanciarla moralmente de su país; pero le da cierto lustre entre los vecinos, aparte su preponderancia como sobrina del párroco y novia de un rico mercachifle.

Su madre, hermana mayor del cura, había querido acompañarle en Valdecruces, no tanto por regir con cariño el hogar del sacerdote como por tener su sombra. Criáronse un tiempo don Miguel y su hermana bajo la protección de un tío que dió carrera al varón y legó a la hembra unos quiñones y unos miles de reales. Viuda ella al recibir la merced, y madre de dos niñas, casó pronto a la mayor, gracias al olorcillo de la herencia, con un pariente muy bien establecido: fugaz matrimonio que en el término de un año desbarató la muerte, llevándose a la recién casada. Pero el viudo, con la querencia del lar y de la dote, vuelve ahora en busca de su cuñadita Ascensión, y la madre, que aún llora a la hija malograda, sonríe ante la suerte de esta otra, convencida de que un marido con dinero es la suprema felicidad para una mujer.

Estos son, asimismo, los ideales de la joven maragata. Su rápida excursión por la Normal de Oviedo no le descubrió muchos horizontes, ni ensanchó sus miras, ni llegó a turbar hondamente el atávico reposo de su inteligencia; bastante hizo la moza con suavizar su trato, con desentumecer un poco la sonrisa y la voz: siguió escribiendo sin ortografía y leyendo con el tonillo cantarín que aprendió en la aldea; pero sus modales tuvieron más desenvoltura, sus palabras más camino, y una gota de la curiosidad del mundo resbalaba, alegre, desde sus ojos hasta sus labios sin descender nunca hasta el corazón.

Redimida de las rudas labores campesinas, con su título flamante de maestra y su rumboso compromiso de boda, gozó la muchacha en el lugar de todas las preferencias y admiraciones, hasta que llegó Florinda. Sin ningún mezquino sobresalto prestóse al punto a compartir con ella el auge de aquellos sutiles privilegios; creyó que su descollante categoría la designaba para recibir cortésmente a la gentil forastera, iniciarla en las nuevas costumbres y hacerla, en suma, con la mayor solicitud, «los honores» del pueblo. Pronto esta buena disposición tuvo por acicate la simpatía y la curiosidad. Florinda se hizo querer: el encanto y la dulzura de su carácter se imponía con irresistible gracia, y el ligero tinte exótico de su persona resplandeció a los ojos de la maestra cual lejano saludo de las novedades mundanas que ella conocía. Mariflor miraba a los ojos de la gente; reía alto, lucía el florido cabello peinado a la moda de las ciudades; tenía pensamientos pulidos, ideas bizarras que de todo su sér emergían con libres y serenas emociones... Ninguna zagala de Valdecruces admiró a la forastera con tanta intuición de sus méritos como la sobrina de don Miguel.