—Tampoco; vendrá la víspera del casamiento, y después de la tornaboda se volverá a partir. Mi madre—añade, ufana, la maestruca—me da el ajuar de la casa y la dote de cuatro mil pesetas, que administra mi tío.
Muy descolorida y agitada, comprobando la cuantía de la aterradora suma, Mariflor pregunta para disimular sus preocupaciones:
—¿Cómo sabes si quieres a tu novio sin conocerle apenas?
—Porque fué bueno para la biendichosa.
—¿Ausente y en un sólo año le pudisteis juzgar?
—Era deportoso... ¡«mandaba» mucho!
La risa de la fuente interrumpe la plática, y Ascensión averigua, antes de despedirse de su compañera:
—Y tú, ¿cómo quieres a un forastero sin conocerle más que de un viaje, sin saber de su casta ni de su bolsillo?
—He hablado mucho con él, con sus ojos y su corazón—balbuce Florinda, algo confusa—; he leído sus libros y sus cartas... Además, ¿por qué dices que le quiero?